viernes, abril 02, 2010

Lectura recomendada

Cuando se ven los primeros paneles de rejas, un delicioso escalofrío de excitación se extiende en la platea. Es el instante previo al Gran Final. Minutos más y el salto en el jaula del león de melena dorada colmará la promesa del circo: un poco de experiencia, para que la vida valga la pena. Mientras tanto las rejas crecen y los dos payasos ocupan el intermedio. Osvaldo Malvón y el Pibe, uno nalgudo y cruel, el otro flaco y desgarbado, entran a escena y un chiste que vimos representar mil veces se vuelve nuevo, por completo nuevo, por milésima vez. Entre el metal de los gritos y el estallido de los gestos, el chiste muestra que la parte invivible de la vida es la vida misma. De golpe, anticipadamente, la representación se hace experiencia y la vida se hace real, muy real, demasiado real: nada y a la vez todo el horror, toda la emoción, y toda la sorpresa... Como si algo desconocido, entre el circo y la realidad, encarnara en el entreacto. Hay que vivirlo, hay que hacer la experiencia. Cuando los dos payasos comienzan a hablar, un temor de otro orden se apodera de la platea. Comprar

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