martes, junio 26, 2012

Nunca te olvidaré

La mudanza es inminente. Las cajas se apilan en los rincones de la vieja casona que siempre había pertenecido a mis abuelos. Por tradición, herencia o simple nostalgia, mis padres la habían hecho suya cuando ellos dejaron dulcemente este mundo. 
Mis días de infancia se nutrieron allí, en el gran patio, en el jardín que tanto cuidaba mamá. Mi adolescencia, un tanto tormentosa, me había llevado a hurgar el sótano húmedo y sombrío que sirvió de refugio en muchos momentos de confusión y rebeldía. Ese espacio indiferente, casi invisible para los demás, salvo cuando servía para ocultar viejos trastos que habían dejado de ser funcionales, era un lugar seguro, casi místico para mí. 
Allí desaparecía, me hundía un solitario placer, recorriendo otros horizontes que descubría en las páginas amarillentas de libros con tapas de cuero. Libros que habían conocido épocas mejores, posiblemente en la gran biblioteca de roble que presidía el estudio del abuelo y, vaya a saber porqué extraña razón, habían sido confinados en el subsuelo de la casa.
Fue en uno de aquellos días, en que mi mente inquieta no lograba concentrarse en el límite impuesto por la hoja, que lo descubrí. Escondido en uno de los cajones de un mueble antiguo, cubierto por sábanas y frasadas en desuso, hallé un pequeño cofre de madera tallada en relieve que encendió mi curiosidad. 
Dormido en ese ángulo oscuro y olvidado debía guardar algún secreto que no podía salir a la luz. Intenté levantar la tapa, mis manos ansiosas temblaban un poco ante la inminencia del descubrimiento, pero no lo logré. La cerradura estaba firmemente sellada ¿dónde estaría la llave? Busqué en ese y en los demás cajones del mueble. Inútil. Volví a mirar, con detenimiento, el cofre. Un poco de herrumbre cubría el metal de la cerradura, confirmando que no sería fácil mi tarea. 
Estuve toda la tarde pensando qué hacer, cómo extraer el contenido de ese objeto que mi mente había revestido de un poder misterioso y prohíbido. No quería forzarlo, podía romperlo, sería un sacrilegio que no me atrevía a cometer. Pasaron las horas, indecisa volví a ponerlo en el mismo lugar donde lo había encontrado, volví a ocultarlo hasta de mis propios pensamientos. 
Con el correr de los días, un nuevo impulso se apoderó de mí y no me pude contener. Ya en mis manos otra vez, mis dedos recorrieron por centésima vez sus contornos, las depresiones y ondulaciones de la madera, y fue entonces que percibí un leve movimiento en la base. Casi sin respirar, sintiendo en las sienes los latidos que impulsaban mi sangre, deslicé, con suavidad, el pulgar. Una fina tapita disimulada entre el dibujo tallado dejó ver una llave diminuta. La tomé con cautela, la introduje en la cerradura y la giré para abrir el cobre. No se resistió. Escuché el sonido que destrababa el pasado y me quedé inmóvil. Sentí miedo, excitación, dudas. 
Cerré los ojos y fui levantando la tapa al tiempo que mis párpados subían. miré dentro. Solo una hoja de papel carta, cubriendo lo que luego vi: una rosa desecada por el tiempo, y tres palabras sobre el papel: "nunca te olvidaré". Una mezcla de tenura y desazón llenó mi cuerpo. ¿Quién habría sido el o la destinataria de este recuerdo eterno? ¿Alguno de mis abuelos? ¿Mis padres? ¿Cómo saberlo sin romper la privacidad de un amor oculto a lo largo de los años? Volví a dejarlo en su escondite a resguardo de indiscretas interpretaciones.
Pasaron los años, hoy estoy dejando el lugar que me vio crecer, reviso cada ángulo, me despido de los espacios que habité y me reencuentro con el viejo cofre. Mis ojos se humedecen por el rencuentro, por los recuerdos que se apilan como las cajas. 
Lo tomo entre mis brazos, acunándolo. No es solo una pequeña caja, forma parte de una historia que ahora también es mía. 
Graciela Hermida
Taller escritura creativa
Escuela de literatura
054 911 4969 2251

No hay comentarios.: