sábado, julio 28, 2012

El último cuento

Con el brazo acodado sobre la mesa y la cara arrugada sobre el puño, el viejo deja transcurrir el tiempo con la esperanza inútil de que su mente adormilada encuentre la fractura que le permita entender las horas indefinidas en esa posición, solo quebradas por el movimiento de su mano desplánzadose en busca del vaso con vino, siempre a medio tomar.
Espera, no sabe bien qué, está aburrido, desilusionado, harto de ser una sombra de lo que era y de la inercia que le impide volver a ser.
Se mira con los ojos turbios. El traje gris gastado conoció épocas mejores, pero no puede desprenderse de él, es su segunda piel. El sombrero, que ahora cuelga del perchero, era su compañero inseparable, el símbolo que lo identificaba. 
Siempre en la búsqueda de la verdad, haciendo de la justicia  el motivo por el cual su existencia tenía sentido. Su intuición, que brotaba como dictada por una sentencia del destino, lo obligaba a ser protagonista de lo que ocurría. 
Piensa tratando de recordar cuándo comenzó su decadencia. Oscuridad. La noche fría tiñe el espacio con los fantasmas del pasado, que lo acompañaron en viejos capítulos de su vida, cuando sus días giraban en un mundo de aventuras. Había sido un gran detective, de esos que surgen y van adquiriendo fama gracias a la sagacidad de un pensamiento deductivo y un profundo poder de observación. 
La resolución de los casos en los cuales actuaba, intrincados, complejos, estaban siempre envueltos de una red de motivos cruzados, en donde el poder, la ambición o los celos competían en un entramado letal. 
¡Cuántas veces estuvo a punto de perder la vida en el desarrollo de una investigación! Sin embargo, en esa época, la suerte o las circunstancias parecían estar de su lado. 
Lúcido, encontrando la clave del enigma, lograba hallar el camino. Las palabras, las ideas brillantes que generaban sus acciones les llegaban a un ritmo vertiginoso. Por momentos, su cabeza parecía estallar en un golpeteo de pulsaciones constantes que le provocaban intensas migrañas.
A pesar de ello, y con la ayuda de algún calmante que siempre encontraba en su bolsillo, resolvía los enigmas. Pensaba con ironía que eran precisamente las migrañas las que le permitían llegar a un final exitoso. 
Ahora, solo en un monoambiente, el silencio lo inmoviliza y la pasividad define su día a día siempre igual.
Mira, intuye la calle tras los vidrios del único ventanal. Llueve y lo sorprende el ruido de la tormenta que empieza a dominarlo todo. Truena, el sonido abre una brecha en sus recuerdos. 
La conoció en una noche así, agobiante y fría. 
Una neblina densa caía sobre el viejo edificio de oficinas derroido. Había encontrado  un sobre marrón en su escritorio. Contenía una nota con una dirección y una breve frase: "Pregúntale a ella". 
Esa misma semana, el asesinato de un importante funcionario había conmovido a la ciudad y todos estaban pendientes de las noticias. Las altas esferas gubernamentales no hacían comentarios. Oscuros rumores, pistas que se desvanecían y acusaciones mutuas cubrían el caso con sospechas de venganza y traición. 
La sorprendió escondida en una de las oficinas, acurrucada entre las sombras, temblando de frío o de miedo, no lo pudo determinar con certeza. La vio vulnerable, creyó en sus argumentos y decidó protegerla. 
Poco a poco, quedó atrapado entre los ruegos de la mujer y la propia necesidad de ser un héroe ante sus ojos. 
Se tensa al recordar, se reprocha la insólita debilidad que desarmó sus estrategias, que lo volvió ciego frente a las evidencias. Lo engañó y no fue el mismo desde entonces. Dejó de ser creible, mostró fisuras que decepcionaron a los que veían en él al detective infalible y admirado. Fue su último caso, terminó solo y bebiendo. Se convirtió en un personaje olvidado. Suspira y alarga la mano en busca del vaso. 
Escucha un breve golpe en el vidrio, seco y pequeño. "Graniza", supone. Sin embargo, no se ven piedras ni vuelven a escucharse sonidos similares por un rato. ¿Quién querría hacerlo salir al balcón con la lluvia? Esboza una sonrisa ante su propia ironía, sabe que está recluído desde ese día. Divaga, mientras se sirve el resto de lo que queda en la botella. Una sensación extraña empieza a movilizarlo, algo está cobrando vida en su interior. Lo distrae el sonido del teléfono, ya ni se acordaba que tenía uno. ¡Cuánto tiempo hacía que alguien no lo llamaba? Es la voz de una mujer, de esa mujer, que le pide, le ruega que la escuche unos minutos. Le llega la cadencia de su voz desde lejos, imagina los labios sensuales cerca de su oído, acariciándolo con cada palabra. No puede, no quiere volver a creerle. Le dice que la obligó, que puso en su boca todas las frases, dictó sus movimientos y planeó cada uno de sus actos, que ella fue solo un instrumento para destruirlo. El viejo apenas atina a balbucear sonidos incoherentes, mientras las palabras siguen metiéndose en su cabeza. 
—A veces, los personajes se vuelven demasiado importantes. Debe ser difícil para un autor que el otro sea el héroe, estar obligado a ser la sombra de su creación y vivir para alimentar su fama...Quería que supieras —continuó ella—que, después de pensarlo mucho, él decidió darle un cierre definitivo a tu historia. Lo siento —dice— no sé nada más. 
Escucha sin entender. Su cerebro embotado no alcanza a descifrar la información. Vuelve a sonar un golpe en el vidrio y, después otro y otro más. Camina trastabillando, está mareado, siente un martelleo que se acelera con cada paso. Las pulsaciones invaden su espacio. La migraña regresa. Un relámpago lo ilumina. Cree ver algo detrás del marco de la ventana, una sombra. Se asoma y mira a través del vidrio, sintiendo que lo hace por primera vez. Se sobresalta y queda por unos instantes paralizados. A escasos centrímetros, ve un rostro mirándolo. 
Aunque están cara a cara, el otro no parece notar que lo observa. Sus ojos oscuros permanecen fijos y concentrados, sus gruesas cejas se juntan, formando profundas arrugas en la frente. Su mirada parece traspasarlo. 
El viejo retrocede sin apartar su vista de esa imagen rectangular. Ahora más alejado, puede ver que el hombre está en una habitación sentado frente a la pantalla de su computadora escribiendo. Sin saber por qué, como un reflejo, saca un frasco de pastillas de su bolsillo y traga un puñado. 
El otro sigue golpeando las teclas con pasión, casi con furia. La expresión de su rostro lo hace estremecer. Cada golpe es una letra en la pantalla, cada pulsación resuena en el cerebro del detective como un eco que aumenta su migraña. Con cada frase escrita nacen en su mente ideas que le son ajenas. 
Se acerca otra vez, lentamente. Comprueba incrédulo que su ventana es la contracara de la pantalla del otro, quien está programando su vida y muerte. Pega la cara contra el vidrio y se ve del otro lado, sobre la pantalla, transformado en letras, en párrafos enteros. 
Se aleja aterrorizado, vuelve a su espacio. Mira  su entorno y no logra reconocer lo que lo rodea. Se da cuenta de que ha descubierto la fractura. Se empieza a confundir, las palabras pierden la coherencia y adquieren significados opuestos a cada instante. Siente que aparece y desaparece. 
En un departamento, ubicado en algún lugar de la ciudad, un hombre pone el punto final a su obra y apaga la computadora. Terminó el último cuento de la serie "el detective". Revelación y muerte es el título. 
Graciela Hermida
Taller escritura creativa
Escuela de literatura
054 911 4969 2251

No hay comentarios.: