jueves, agosto 02, 2012

Flores en el agua

        ¡Siempre la lluvia, siempre! —se lamentaba Rosarito—. Su enfado persistente se remontaba en su vida desde adolescente, tan cruel según ella. Sentada en el borde de la cama, veía la lluvia castigar la ventana de la habitación con dureza, mientras sus pies jugaban con la alfombra descolorida y dilapidada por el tiempo. El momento previo la vio sonriendo y con una lágrima ansiosa, esperando aquel café de la mañana, en un otoño que delinea lánguidamente su espectro misterioso. Pero la lluvia…
           Desafió, con una bravura impensada, todos los obstáculos que alguna vez vedaron momentos, en el cual la nostalgia salió más de una ocasión a reprocharle. Era el instante de persuadir la incertidumbre para remediar el dolor imperecedero. Esa vestimenta revelaba un vacío que pronto iba a sucumbir, pues se dirigía a un encuentro amoroso que pronunciaba constantemente en su interior y que aún con la lluvia tan ofensiva, desdeñaba cualquier intento de fracaso.
         Era martes de otoño y como una postal parisina, la mañana le procuró, a pesar de la lluvia, un matiz que desdibujó su irritación al asomarse a la puerta y despedirse de la soledad.  Cada paso en la acera era un acercamiento necesario a la felicidad escindida por desencuentros, engaños, torpezas y desilusiones que se amalgamaban con esa ansiedad que revela el triunfo.
         Llegó al viejo y clásico bar Tatum que está entre dos esquinas. La lluvia había cesado pero entorpecía lo mismo. Entró y se aferró a un lugar íntimo para el encuentro pronunciado. Pidió un café sin más demoras. Unas flores gemelas matizaron la espera. Una sonrisa, un beso y un aroma sumiso dieron comienzo al momento…llegó el café para Rosarito y la negación de su compañero para asistir un rato más con ella, fue el prólogo de un declive emocional inesperado para ella. Y también inexplicable. Palidecían de a poco las palabras, y el silencio se apoderó del lugar. No había más que expresar, solo miradas esquivas y un frenético fuego interior en Rosarito que lo conjeturaba desde el mutismo que se suspendía hacía ya media hora.
        Salieron del bar. Ambos caminantes con sus miradas apartadas, se dirigieron hacia el vistoso puente sobre el rio Denario, testigo del primer encuentro y de tantos otros…Detenidos, él bajo la mirada y Rosarito entendió todo. El perdón no la obligó a que derramara una lágrima o dos. Una correspondencia arcaica develó el misterio del silencio de su compañero que necesitó una mirada frívola para que Rosario supiera que el desencanto hacia ella provenía de otra mujer. Quedó sola en el puente con las flores gemelas que empezaban a caer de a una y lentamente…y finalmente,  sucumbió el dolor.
Gustavo Rubén Gozález
Taller Iniciación a la escritura literaria
Escuela de literatura

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