jueves, agosto 09, 2012

Un concierto campestre


  La pintura nunca fue uno de mis intereses más destacados, pero estando de vacaciones en París sería un sacrilegio no visitar el Louvre.  Por lo que esa tarde de primavera, me encaminé hacia allí.  Saqué mi entrada y me uní al grupo de turistas entusiasmados.  Caminamos largo rato, recorriendo cada una de las galerías, mientras nuestra guía explicaba, apasionada, cada pintura, sus significados, autores y cómo habían llegado hasta allí.  Nos encontrábamos en el ala del Renacimiento, cuando una de las obras de Tiziano atrajo poderosamente mi atención.  Era un cuadro de lo más curioso.  Me detuve a observarlo, mientras la guía y el grupo se adentraban en otra galería.  Leí la información que se encontraba a su lado.  “Concierto Campestre de Tiziano (1510—11)” aclaraba un pequeño cartel junto al lienzo.

—¡Qué pintura más extraña! — pensé con una sonrisa —¿Qué clase de paseo campestre es este? ¿No les daba vergüenza a esas mujeres? ¿No se suponía, acaso, que las mujeres de ese entonces eran piadosas y pudorosas? Sin embargo, no parecían sentirse para nada intimidadas estando desnudas en medio de un campo frente a un grupo de hombres.

      Comencé a reír para mis adentros.  Es que siendo un hombre de gran imaginación, ya podía oír la conversación entre esas dos mujeres.  Parecía que de repente la pintura hubiera cobrado vida únicamente para mí.

—Ven, Esther.— decía una de ellas —Alejémonos un poco de estos hombres que no hacen más que tocar el laúd.  Creo que mi cabeza va a estallar si los escucho un solo momento más.  Charlemos un rato.  ¿Cómo estás? Hace tanto tiempo que no conversamos.
—Es cierto, Blanquina.  ¡Qué bueno que hayamos podido convencer a nuestros maridos de salir a aprovechar este día tan soleado! Es un día precioso.  Me encanta tu estilo, ¿la sábana es de seda?
—Sí, ¿no es preciosa? La compré ayer a un vendedor ambulante.  Es que con este calor es imposible tolerar las camisolas, los trajes de terciopelo y ni hablar de las gorgueras y pañuelos. Decidí dejarlos en casa y por lo visto tú también.— dijo Esther con una amplia sonrisa mientras vertía un poco de agua en la fuente.
—Es verdad, Esther.  El calor está realmente insoportable.  Además estoy cansada de preocuparme por la ropa.  Ya no sé qué ponerme, nada me queda bien.  Estoy tan preocupada. Llevo meses a dieta y no logro subir de peso.  ¡Estoy aterrada de que de pronto deje de gustarle a mi Agustín y comience a mirar a otras mujeres!  Estoy cada día más y más delgada. – comentó Blanquina angustiada.
— No te amargues, Blanquina.  De seguro ya vas a aumentar de peso.  Es cuestión de tiempo. Además se te ve tan armoniosa y rellenita.  No creo que debas preocuparte tanto.  ¿Probaste ya la dieta de los vegetales?
—No, Esther.  No la conozco. ¿De qué se trata?
—Pues, bien.  Debes comer de todo menos vegetales.  Me aseguran que da resultados en seguida.  ¡Se puede subir hasta cinco kilos en un mes!— exclamó Esther entusiasmada.
—¡No digas! Voy a comenzarla de inmediato. ¿Te enteraste de las últimas novedades?— dijo Blanquina cambiando de tema.
—No, cuéntame, cuéntame.  No me digas que te has enterado de un chisme jugoso.
—¡Jugosísimo! Me imagino que te acuerdas de esta muchacha que solía vivir por estos lados, Lisa Gherardini, la mujer del comerciante de encajes Francesco del Giocondo…
—Si, por supuesto.  La Gioconda, le decían.  Una mujercita encantadora.— declaró Esther.
—Pues, resulta que se la pasa posando para uno de estos pintores bohemios que andan dando vueltas.  Un tal Leonardo.  Se rumorea por ahí que andan de amoríos…— continuó Blanquina.
—¡No te creo! ¡Quién lo hubiera pensado con esa sonrisa ingenua y esa cara de madona!
—Sí, de no creer.  Francesco está destruido y no es para menos.  Pero viste como son las cosas. Es como dice la gente.  Las más tranquilitas terminan siendo las peores.  No hay que confiarse de las apariencias.— remató Blanquina.

     De repente la conversación entre ambas mujeres se vio interrumpida por una voz de hombre.
—Ya es tarde.  Hay que irse.
     Al principio pensé que se trataría de uno de los maridos de las señoras pero luego caí en la cuenta de que la voz provenía del guardia del museo que estaba parado a solo unos metros de distancia.  Al parecer la hora se había ido volando y ya era tiempo de cerrar.  Miré el cuadro una vez más como para despedirme de él y me fui caminando despacio hacia la salida con una amplia sonrisa.  Después de todo, este asunto de los museos de arte era bastante entretenido.

Mariana Di Giovanni
Taller introducción a la escritura literaria 
Escuela de literatura

1 comentario:

Inés dijo...

Felicitaciones Mariana!!! Como dice la última frase del cuento, "muy entretenida"!!! Me gustó mucho!!! Un beso!!!